
Hasta los recuerdos que de ellos guardamos se van extinguiendo. Cuando se estacionaba la primavera en nuestra ciudad, entre pródigas lluvias y tibios amaneceres, los desbordes del río Rocha formaban charcos en sus riberas que se extendían hacia los “ch’iquis” (pastíos) del parque Virrey Toledo, y de ahí a nuestras huertas la invasión de hermosas ranas verdes era inminente, causando alegres exclamaciones quechuas en el ánimo de mi abuelo Alejo. Hoy no existen más esos esbeltos batracios que los niños villanos (de Villa Galindo) colectábamos a granel sintiendo en nuestras palmas sus finas y húmedas patitas ventosadas.
Algunos lustros después me tocó ser padre y Diego Alejandro, mi amado primogénito, quiso incluir una rana verde en su pequeño zoológico, y también un rococo; pero estos bichitos ya estaban proscritos en la ciudad. Tuvimos que buscar uno en una tienda de mascotas y se vendía en dólares. El río Rocha turbión se convirtió en un turbio cementerio de cemento e inmundicia, sin más vida que la de los canes callejeros buscando carroña entre fetos humanos abortados y cadáveres de gatos. Los “suchis” (pececitos destentados y bigotudos que eran pirañas que mutaban en el curso de nuestro río de origen tropical) desaparecieron para siempre y dejamos de frecuentar la “Comercial Fefito” donde comprábamos anzuelos a precio de barrio. Eran cañahuecas nuestras cañas de pescar “suchis”. Eran.










